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PESADILLAS

UNA ADVERTENCIA EN LA OSCURIDAD

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Esta noche, mi pesadilla me llevó a una calle desconocida. Una pareja caminaba despreocupada, tomados de la mano, mientras el frío aire nocturno envolvía el ambiente. De repente, deciden cruzar la calle. Todo parece normal hasta que, en el horizonte, aparece un enorme camión cargado, avanzando a toda velocidad. Mis ojos se abren de golpe, mi corazón late con fuerza. Los veo allí, indefensos, sin notar el peligro inminente. Grito con todas mis fuerzas, tratando de hacer una advertencia en la oscuridad.

El conductor reacciona, pisa el freno con fuerza y el camión patina, rugiendo como una bestia descontrolada. De pronto, sus ruedas traseras caen sobre una alcantarilla, quedando atascadas. Un crujido metálico llena el aire cuando el eje se rompe.

El caos se desata. Acompaño a la pareja a alejarse, mientras el conductor maldice y les culpa por lo ocurrido. Su voz resuena con furia entre la multitud que comienza a acercarse, curiosa y ansiosa por entender lo que acaba de suceder.

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Mientras nos alejamos, noto que la pareja observa con discreción la bolsa de alimentos que llevo en la mano, pero no dicen nada. Su silencio es inquietante. No sé si es desconfianza o simplemente están demasiado conmocionados por lo que acaba de pasar.

Finalmente, llegamos a un edificio abandonado. La estructura se alza como un esqueleto de concreto, sombrío y frío. Adentro, una escalera en espiral desciende sin fin, como si nos llevara a otro mundo. El aire es pesado, cargado de un hedor indescriptible. A medida que bajamos, las sombras toman forma: personas acurrucadas en los rincones, miradas vacías, cuerpos consumidos por las drogas. Este lugar no es solo un refugio… es un abismo.

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Hombres y mujeres vagan sin rumbo, sus cuerpos marcados por el abuso y la desesperanza. Pero lo peor… lo más doloroso… son los niños. Bebés tambaleándose solos, apenas cubiertos con pañales sucios. Pequeños sin rumbo, creciendo en un mundo de sombras y peligro.

Mis ojos se humedecen. Es demasiado. Es una imagen que traspasa el alma y la rompe en pedazos. Drogas, suciedad, el olor a desesperanza. Y, aun así, cada persona sumida en su adicción está acompañada por su familia, como si todo esto fuera una simple visita, un momento de convivencia en el abismo.

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Abro la bolsa y comparto los alimentos con quienes están aquí. No cambiará su destino, pero al menos aliviará su hambre por un instante.

Entonces, entre la multitud, veo una figura distinta. Un sacerdote, vestido con su sotana oscura, conversa con algunos habitantes. Su presencia contrasta con la decadencia del lugar, como si intentara aferrarse a un propósito en medio de la desesperación.

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Miro la escalera que hay dentro del edificio, ésta sigue descendiendo a lo desconocido. El aire se vuelve aún más pesado. Algo en mi interior me dice que no debo bajar. Así que decido quedarme.

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Cierro los ojos y respiro profundamente.

De repente, el ambiente empieza a desvanecerse. La sombra de la escalera se difumina, las voces se apagan, el hedor se disuelve en el aire. Todo se vuelve más ligero, hasta que solo queda la nada.

Abro los ojos. Estoy en mi habitación. La pesadilla ha terminado.

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morganvasquez
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